martes, 4 de mayo de 2010

MURIÓ LA ÚLTIMA HABLANTE DE LA LENGUA BO, de David Galeano Olivera

LA DESAPARICIÓN DEL BO RETRATA EL DRAMA DE LAS LENGUAS EN PELIGRO
http://www.elperiodico.com/default.asp?idpublicacio_PK=46&idioma=CAS&idnoticia_PK=684997&idseccio_PK=1021&h


-La mitad de los 6.000 idiomas actuales morirán en un siglo, según los expertos
-Un proyecto francés elabora una enciclopedia visual de culturas amenazadas
Siendo más o menos de dominio público que de las 6.000 lenguas que hay en el mundo la mitad están en peligro de extinción, y que según los científicos lo más probable es que desaparezcan antes de 100 años, es decir a un ritmo de 30 por año, no sería sensato ni razonable caer en la tentación de descartarlo por obvio y no hablar de ello a propósito del fallecimiento, acaecido esta semana, de la anciana Boa Sr, de 85 años de edad, última representante de un pueblo indígena único de las islas Andamán, en India, y última persona, sobre todo, que dominaba la lengua bo. Ha muerto un idioma. Ha muerto una cultura. Ha muerto una manera de entender el mundo.
La desaparición de la anciana Sr ha vuelto a llamar la atención sobre la desaparición de las lenguas nativas, y de paso sobre los que lo consideran un problema lo bastante importante como para intentar hacer algo: oenegés, investigadores, académicos. El proyecto Sorosoro de la Fundación Chirac, por ejemplo, lleva más de un año elaborando una enciclopedia visual de las lenguas, enviando investigadores a lugares donde las culturas están amenazadas (África y América, sobre todo) y registrando en vídeo los rostros y las voces de sus últimos representantes. Una especie de atlas de la supervivencia.

EL ORGULLO DE LOS PUEBLOS / «Lo que buscamos es preservar la diversidad –dice Rozenn Milin, responsable del proyecto–. Cuando desaparece una lengua se pierde una manera de ver el mundo, una cosmología, una religión, toda la sabiduría que contiene. Personalmente, nada me da más miedo que un mundo en el que todos tengan la misma cultura. Preservar las lenguas y las culturas equivale a preservar el orgullo de los pueblos, algo que contribuye al diálogo y por lo tanto a mantener la paz».
Milin es francesa pero su lengua materna es el bretón; una de las 3.000 lenguas amenazadas. «El argumento de que las cosas serían más simples si todos hablaran el mismo idioma es estúpido –dice–. La república de Vanuatu, por ejemplo. Un Estado diminuto en el Pacífico. Allí se registra la diversidad lingüística más grande del mundo, 300.000 habitantes y un centenar de lenguas en total. Y jamás ha habido una guerra. Ruanda, en cambio, el único país monolingüe de África, fue el escenario de uno de los peores conflictos del siglo XX. Hablar el mismo idioma no evitó que se exterminaran».

ÁFRICA, TERRITORIO MINADO / Lingüistas y antropólogos condenan sin ambages a los estados que siguen aplicando una de las políticas más nocivas: la imposición de un idioma nacional. «Australia es un país en el que numerosas lenguas aborígenes están actualmente al borde de la extinción –explica Fiona Watson, de Survival International, la oenegé que divulgó la noticia de la muerte de Boa Sr–. No hace mucho tiempo allí obligaban a estas personas a ir a internados donde solo se enseñaba inglés. La lengua era un instrumento de dominación, y así ocurre actualmente en muchísimos países africanos».
Watson es especialista en lenguas de América del Sur, pero reconoce que África es el terreno minado por excelencia: de las 3.000 lenguas que se supone que desaparecerán este siglo, 2.000 pertenecen a pueblos indígenas africanos. Los expertos admiten que es imposible evitar la desaparición de la mayor parte de este patrimonio, y es en este orden de ideas en que el proyecto Sorosoro es valioso. «La mayor parte no son lenguas escritas, de modo que cuando desaparecen es imposible recuperarlas –dice Milin–. El latín es un idioma desaparecido, pero si quisiéramos podríamos volver a hablarlo porque está documentado. Eso es nuestro proyecto: documentar lenguas para que no mueran del todo». Mark Abley, autor del libro Aquí se habla, cita una frase del lingüista Kenneth Hale: «Cada vez que perdemos una lengua es como si cayera una bomba en el Louvre». La idea, en este caso, es que la bomba cause el menor daño posible.

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