lunes, 2 de agosto de 2010

1º de agosto: La Pachamama y la Navidad del Dios europeo

Un artículo de Alberto J. Lapolla 01-08-2010

‘Los he convocado para hacerles saber que los españoles van a pasar de Chile con su ejército para matar a todos los indios y robarles sus mujeres e hijos. En vista de ellos y como yo también soy indio voy a acabar con los godos que les han robado a ustedes las tierras de sus antepasados…’

José de San Martín a jefes Mapuches en Mendoza en 1816

La Pachamamma y la identidad americana

En los próximos días -a partir del 1º de agosto- los pueblos de los Andes, antiguos integrantes del Inkario conmemoran su fiesta mayor homenajeando a la madre tierra, la Pachamamma. Eso implica que pueblos desde Ecuador (también algunas regiones de Colombia) hasta San Luis en Argentina, rinden tributo a sus creencias ancestrales, que han perdurado como resistencia cultural a la invasión europea iniciada en 1492 y sus sucesivos genocidios y opresiones. Cultura hoy fuertemente recuperada gracias a la poderosa revolución política-cultural boliviana y también la ecuatoriana, ambos corazones sagrados del Tuyantisuyu. Debemos preguntarnos en estos nuevos tiempos de búsqueda de la unidad continental ¿cómo es posible que semejante fiesta no esté incorporada al calendario nacional como feriado o festejo con feriado? ¿Hasta cuándo soportaremos el eurocenrtrismo que nos domina, haciendo rendir honores exclusivos a un Dios nacido en el mar Mediterráneo, traído a nuestras tierras por los peores genocidas y ladrones que conoce la historia humana? Sería bueno preguntarnos, en tanto americanos, amerindios, indoamericanos o indo-afro-americanos, por qué chinos, hindúes, japoneses, indochinos y malayos veneran un dios nacido en su tierra. Por qué los judíos veneran a su dios también nacido en su tierra ancestral, hoy brutalmente ofendida por ellos mismos. ¿Acaso los árabes no veneran a un Dios y un profeta nacidos en sus tierras? ¿Los cristianos europeos no adoran acaso a un Dios nacido también en sus tierras? Lo mismo podría decirse de la mayoría de África. ¿Por qué los americanos debemos venerar a un dios extranjero, adorado por quienes nos oprimieron y oprimen, nos saquearon y asesinaron en masa? Y en el caso argentino, debemos además sostener económicamente a sus ‘representantes’ en la tierra. ¿No sería más lógico, que en este nuevo tiempo americano de recuperación de identidad y también de recuperación y ampliación de derechos para mayorías y minorías, que nuestras deidades ancestrales y sus festejos correspondientes, ocupen el lugar central que merecen en nuestros calendarios nacionales? Las creencias de nuestros pueblos originarios, sean ellos la Pachamamma de los pueblos vinculados al Tuyantisuyu; el Nguillatum, o el Wiñoi Tripantu de los pueblos vinculados a la nación Mapuche, así como las distintas festividades de la nación Guaraní o de la nación Wichí y de las demás naciones originarias que conforman nuestro multiétnico país, deben ser reconocidos como nuestras creencias nacionales en igualdad de derechos que el dios católico traído por los europeos invasores en 1492.

El Tuyantisuyu, la Patria Grande esencial

Siempre es bueno recordar -y así lo pensaron los próceres que nos dieron la Patria- que a la patria Grande criolla -es decir europea y blanca- la precede la gran nación del Tuyantisuyu -india y comunista de Estado-, extendida por un largo ciclo histórico, abarcando desde Panamá hasta San Luis –hasta el río Limay, más precisamente- en nuestro territorio argentino. Que dicha cultura era superior, al igual que la de los mayas, los aztecas y otras, a la de los brutales e ignorantes invasores españoles, es algo hoy reconocido por antropólogos, historiadores y científicos, que comparan el alto nivel de vida de las sociedades americanas de los siglos XV y XVI, contrastando con el hambre secular de la España cristiana. Los Inkas y los Mayas, sabían que el sol era el centro del sistema solar y que la tierra giraba a su alrededor. El porquerizo y genocida Pizarro, analfabeto en todos los idiomas escritos en su tierra en su tiempo -el castellano, el árabe, el hebreo, el catalán, el gallego y el vasco- lo ignoraba. Pero no sólo él, sus reyes y clases dominantes de España -país que aun hoy posee el mayor índice de analfabetos de Europa Occidental- también lo ignoraban. Lo ignoraba también el resto de la Europa que acababa de salir de la epidemia de la Peste negra, que consumió un tercio de su población. Catástrofe producida, principalmente a causa de un desequilibrio ambiental, llevado a cabo en base a su inmenso atraso cultural y científico e ignorancia, unida a la superstición católica que los obligaba a vivir en la falta absoluta de higiene, llegando al extremo irracional y perverso de haber quemado a cientos de miles de gatos -tal vez millones- en las hogueras junto a las mujeres acusadas de brujería, dejando a las ratas sin su enemigo natural. Y como hoy sabemos, la naturaleza no perdona. Por el contrario, Inkas, Mayas, Aztecas, Mapuches y muchos otros pueblos americanos que adoraban al sol -el Dios Inti estampado en nuestra bandera nacional por el general Belgrano, reconociendo al nuevo Estado en gestación, como continuidad del Inkario -sabían que la tierra giraba a su alrededor y poseían conocimientos extraordinarios sobre hidráulica, agricultura, arquitectura, astronomía, matemática, ingeniería y otros saberes. Por el contrario el infame Pizarro y sus secuaces los ignoraban. Eran expertos en engañar, robar, asesinar, quemar gente viva y violar mujeres y niñas. Y amar al oro y la plata ajenos, por encima de su propio Dios europeo. Es probable que el infame Pizarro, ni siquiera se atreviera a pensar en semejantes cuestiones, pues su religión se lo prohibía. A los pueblos americanos, por el contrario sus creencias, vinculadas a la naturaleza les permitían comprenderla, vivir en armonía con ella y no violarla. Así los Inkas, podían alimentar a diez millones de personas en uno de los ecosistemas más áridos del planeta, uniendo un enorme saber hidráulico con una economía basada en el comunismo de Estado, que permitía distribuir equitativamente los recursos y la producción. La agricultura americana produjo dos de los cuatro principales cultivos de la humanidad: el Maíz y la Papa, los que junto al Trigo y el Arroz constituyen el sustento de la especie humana en el planeta. Cabe aclarar que Europa no produjo ninguno. Ambos cultivos permitieron sacar del hambre secular a Europa, particularmente la del Este y la del Norte. Pero las culturas americanas produjeron una enorme variedad de cultivos que han transformado la alimentación de todo el mundo: tomates, zapallos, pimientos, ajíes, papas, batatas, porotos, tabaco, quinoa, coca y una enorme variedad de frutas que han cambiado para siempre la alimentación de la humanidad, la de los paupérrimos europeos en primer lugar. Claro que el aporte de América no fue voluntario. Siempre es bueno recordar que la riqueza de Europa, la de sus fastuosos palacios, museos y mansiones de la antigua nobleza y de la burguesía que la reemplazó, construidos a partir del siglo XVI, fue construida en base al exterminio masivo de los americanos nativos y los setenta millones de africanos esclavizados traídos para reemplazarlos. La inmensa riqueza europea chorrea la sangre de nuestros hermanos ancestrales masacrados durante tres siglos de manera atroz por las potencias europeas. Fue el ‘lodo y la sangre’ con que Karl Marx calificó la formación del Capital Originario que daría origen al capitalismo industrial moderno. Años más tarde Claude Levi-Strauus ubicó claramente los sucesos producidos por los europeos en América. ‘Cuando veo los trópicos asiáticos tan superpoblados de gente, y veo a esos mismos trópicos americanos despoblados, mi alma sufre pues sé que eso fue nuestra culpa’, señaló, palabras mas palabras menos -citamos de memoria- el gran científico francés.

Destruir y someter a las culturas americanas

Cuando en 1562 el fraile inquisidor Diego de Landa ordenó quemar por heréticos, más de cinco mil códices mayas, mostrando una brutalidad mayor a la de Pizarro y Cortés, ya que por su condición de sacerdote alguna instrucción debía poseer, ignoraba -o tal vez no, pero no le importó- al igual que el resto de los invasores españoles -que construían sus infames templos sobre los lugares sagrados de los pueblos que sojuzgaban a sangre, fuego y violación masiva- que estaba destruyendo el quinto idioma escrito de la antigüedad, y con el destruía la conexión con el pasado de toda la cultura mesoamericana y tal vez de toda América, en lo que a la relación de las culturas ancestrales tenían entre sí, como hoy sabemos. Culturas que entre muchas virtudes habían sido los mayores astrónomos de la antigüedad y los inventores del Maíz: la mayor construcción biológica de la humanidad, según considera hoy la biología moderna. Sin embargo los piadosos españoles arrasaron las geniales terrazas de cultivo de mayas, aztecas e inkas, esclavizando a los pueblos americanos para producir oro, plata, trigo y caña de azúcar para la metrópoli, bajo el azote del látigo, exterminando ciento veinte millones de americanos nativos en menos de un siglo y medio. El mayor genocidio de la historia de la humanidad cometido en nombre del rey español y del Dios español, al cual aun rendimos tributo, por cierto. Para valorar el inmenso saber de los pueblos americanos arrasado por los brutales e ignorantes europeos, que sólo veían oro y plata para saquear, es bueno recordar que los pueblos de la Amazonia habían resuelto un problema central del manejo de los suelos tropicales que la agronomía occidental moderna aun no pudo abordar. Ellos sabían cultivar esa tierra tan feraz y endeble al mismo tiempo, sin agotarla ni desertificarla como harían portugueses, españoles, ingleses, franceses y holandeses durante siglos. Los pueblos de la Amazonia habían desarrollado un sistema hoy denominado ‘terra preta’ que consistía en una mezcla del suelo natural existente, al que agregaban una especie de carbón vegetal obtenido a partir de la quema parcial de parte de la vegetación existente sobre su superficie mediante una combustión incompleta, la que producía una especie de carbón vegetal, luego finamente molido que tenía la capacidad de impedir el lavado de la tierra selvática y mantener constante un alto nivel de materia orgánica lo que les permitía cultivar esos suelos de manera permanente con altos rendimientos, al mismo tiempo que no deterioraban sino que, mejoraban las condiciones del suelo. Este tratamiento iba acompañado de una técnica que podríamos llamar de ‘mínimo desmonte’, ya que apenas eliminaban muy poco de la vegetación selvática para construir sus terrazas en medio de ella, mientras devolvían a la tierra la cubierta vegetal que quitaban en la forma de ‘terra preta’, creando así terrazas de cultivo altamente fértiles y lo que es más notable, creando un tipo de suelo que mejoraba tanto la acción microbiológica del suelo que permitía su reproducción natural hasta hoy, varios siglos después. Esta tierra es tan notable que hoy es extraído por empresas brasileñas del medio de la selva para venderlo como compost o tierra altamente fértil para macetas, continuando las políticas depredatorioas de origen europeo. Claro que no fue este el camino seguido por los europeos que arrasaron el Nordeste del Brasil transformado a uno de los ecosistemas más ricos y diversos del planeta en el desierto árido del Sertao. Una vez más la cultura indígena mostraba ser altamente superior a la europea. De la misma manera otras etnias de la nación Guaraní habitantes de la Argentina, Paraguay o Brasil producían sus cultivos intercalándolos en medio de la selva existente sin desmontarla ni destruirla. Podían producir sus cultivos pero mantenían intacta la selva que les daba sustento, abrigo, protección, farmacopea y recursos casi inagotables. Los Inkas -considerados hoy los mejores agricultores de la historia humana- podían hacer proezas agronómicas que ningún agrónomo occidental puede siquiera imitar. En una sola terraza de cultivo podían combinar maíz, papas, coca, zapallos, quinoas, pimientos, tomates, ajíes, porotos y otros cultivos que diferían notablemente en sus requerimientos de temperatura, humedad, fertilidad, insolación, etc. Para ello combinaban hábilmente los gradientes de altitud, tenor acuífero, orientación y exposición solar, sin afectar la estabilidad de la terraza las cuales al igual que los sistemas de regadío pueden ser usados normalmente hoy después de cientos -y en algunos casos, miles de años de construidas-. Es bueno recordar para entender la acción de lo ‘piadosos’ españoles que los invasores roturaban con arado de reja las terrazas en forma vertical para destruirlas y privar de alimentos a la mayoría de la población sometida. Otro ejemplo del saber originario reside en el Ayahuasca, alucinógeno y poderoso antibiótico de acción múltiple, elaborado por los pueblos americanos de la selva tropical, desde Misiones hasta Venezuela. Su poder curativo es tan efectivo que en la actualidad pretende ser robado y patentado por laboratorios occidentales. Esto no es nuevo: las mejores variedades de Quinoa, semicereal que los Inkas cultivaban como complemento del maíz, de enormes propiedades nutritivas, han sido robados por empresas de biotecnología, norteamericanas y patentadas como propias. Por lo cual ahora les debemos comprar a Monsanto y a Syngenta los cultivares que nuestros ancestros seleccionaron durante milenios en los Andes centrales.

Así las cosas, cuando el 1º de agosto una gran parte de nuestra población beba su ración de aguardiente con ruda o haga sus ofrendas corpachando a la Pachamamma la América ancestral y profunda estará triunfando una vez más sobre la opresión europea o criolla. La resistencia de quinientos años de nuestros hermanos originarios levantará una vez más su bandera de dignidad irredenta bajo los manes eternos de Lautaro, Cuahtemoc, Atahualpa o Túpac Amaru. Llegará entonces el momento de preguntarnos ¿por qué la fiesta de la Pachamama y demás fiestas ancestrales no son feriado nacional, tal como la navidad del Dios europeo?

‘Presencié la declaración de la Independencia de los estados de Chile y Perú: existe en mi poder el estandarte que trajo el infame Pizarro para esclavizar al Imperio de los Incas, y he dejado de ser hombre público, he aquí recompensados con usura diez años de revolución y guerra.’

José de San Martín al despedirse del pueblo peruano en 1822

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